Berenice Abbott. La alumna que alcanzó a sus maestros. Una mujer que empezó en la fotografía en los 20, con los mejores: Man Ray y Eugène Atget. Su fotografía documental es lafotografía de las calles y las gentes de Nueva York.
Designer’s window, c. 1948.
El at Columbus Avenue and Broadway, c. 1935-39. Con una atmósfera surrealista.
Escrito por distritoeme el 09/07/2009 20:09 | Comentarios (0)
Cruzar la sutil distancia entre la agitación reposada y la locura no es tan difícil.Hay genios y hay locos. Está el Dalí genial y pocos se aventuran a señalar si su genialidad era una especie de sabrosa locura aceptada. En realidad, el pintor era un personaje creado por sí mismo, tantas veces interpretado que se había convertido en él, y entonces Salvador ya no era él, ni siquiera en pijama, sino su propio personaje representado. El gran surrealista superó con creces la fama de otros contemporáneos gracias a su buena, trabajada y siempre sorprendente interpretación.
Luego están esos otros locos que no han nacido genios, ni con estrella (salvo que el tiempo diga lo contrario). Esos personajes extraños que provocan un escalofrío al descubrirlos, al acercarse a ellos. Algunos han tenido el privilegio de ser reconocidos por la necesaria expresión desatada de su persona, de sus traumas, de sus taras, de sus visiones... El Art Brut les enmarcó y les hizo un hueco para la posteridad. Así lo escribió como Arte Marginal el crítico de arte Roger Cardinal a principios de los 70. Asumió la idea de Jean Dubuffet que había hablado de lo Brut como aquello fuera de los límites de la cultural oficial. Los locos, desde 1972, dejaban de ser unos demonizados para ser humanos. Personas con almas atormentadas, su mundo interior exportado al papel, el lienzo o el muro, empezó a ser motivo de interés.
Un ejemplo naif de Alexandra Huber, (lovers).
Escrito por distritoeme el 09/07/2009 19:45 | Comentarios (4)
Sé que la belleza existe. No sé definirla pero está ahí, aquí. Intangible, atractiva... para mí es soprendente por cómo me atrapa. Muchas veces he pensado en la necesidad de escribir un manifiesto, el mío propio, pero me es imposible encorsetar mis pensamientos, mis principios, aquello que me mueve. Una cosa está segura en todo lo que descubro, en todo lo que veo, escucho, hago, busco la belleza. El valor diferencial único e impredecible. Kant decía que el hombre existe como fin en sí mismo. La belleza también.
La poesía es la expresión plena de la belleza esculpida con las palabras. Otra búsqueda, la búsqueda de la palabra precisa. Dejo aquí un poema que no me cansaba de releer hace años y que hace poco he vuelto a rescatar del olvido poético, de una joven autora que ganó el premio Hiperión allá por el 2001.
Imán
No serán suficientes las caricias para decir "te quiero", pero mi mano aprieta el corazón tendido como un puente hacia tu boca. No caben más guirnaldas en mis venas, ni más miel en tus pechos. El más breve latido de tu carne es un astro que tira de mis ardientes músculos hacia su mar de brasas o carbones. Ya en órbita, doy forma a tu sonrisa con mis labios.
La tarde lentamente va llegando allí donde termina el tobogán, mientras cuento uno a uno los gajos de ternura que me llevo a la boca. La hostilidad del mundo, las hélices de plomo que cortaban el vuelo a todos nuestros globos y cometas, vive fuera del cuarto. En el cuarto, nuestro amor siembra puertos donde las naves tienen corazones atados en los puños, y los mapas revelan las dudas de las norias, y las brújulas huelen el resplandor del humo, y los sueños desbordan los bolsillos cada vez que se zarpa.
Monedas de sudor acarician tus senos y van dejando un rastro de pisadas de estrellas. No me duele la vida cuando veo en tus ojos de gorrión mojado por la lluvia lo risueño del niño que espera sonriente como un ancla su regalo.
No me escuecen las alas cuando tus labios vienen a salvarme del incendio en que vivo, y la pasión nos toma la cintura, y el ritmo de la sangre golpea los tabiques y deshace la cama.
Nuestro amor empapela las paredes del cuarto y vivimos felices entre algodón y fresas. En la calle es distinto, la gente nos recibe con una calurosa bienvenida a base de [volcanes, y el odio es un revólver que apunta a nuestras manos cuando van enlazadas, que apunta a nuestros labios si nos damos un beso. Pero somos más fuertes, y nuestro corazón bombea en las ventanas. sin miedo a los cristales.
Hace ya dos años de aquello. Yo más jovencilla, pero no tanto. Iba con la intención de pasar una semana en la ciudad de la luz visitando a una amiga y con el ánimo de exprimir ese tiempo al máximo, con muy poco presupuesto: ir a todos los museos que pudiera, pasear por la Tullerías, Montmartre, los Campos Elíseos, el barrio Latino... Lo típico que hace todo el mundo en París. Pero también redescubrir aquellas arquitecturas que me eclipsaron con tan sólo once años cuando fui a la capital francesa por primera vez, en un tren que viajaba de noche. Lo que recordaba como una construcción cercana al Louvre, o que quizá fuese el propio museo, era el Trocadero, tumbado ante la torre Eiffel, un conjunto de líneas clásicas que se grabó en mi memoria y que por fin explicaba mucho de mi gusto.
A los diez años de esta primera visita, las ganas de París eran muchas y contaba con una guía excepcional que llevaba un año en la ciudad. Me alojé en la Cité Internationale Universitaire, un enfrentamiento de estilos arquitectónicos de todo el mundo, y un disfrute único dentro de cierta ilegalidad, yo no era estudiante en París sólo una visitante sin permiso de residencia en la Casa de Portugal. Y a pesar de ello, paseé aquellas noches por el inmenso jardín y pasé de las caballerizas inglesas, a la demoledora masa de la Casa de Brasil o a la impresionante entrada de la embajada universitaria mexicana.
Por las mañanas descubría un París a la aventura, una española con cuatro frases mal pronunciadas en francés, mejor que no me perdiera... Pero me dejaba perder por el boulevard Sant-Michel entre librerías añejas, cafés de sillas de mimbre y creperías callejeras. Una tarde el plan era como siempre apetitoso: grato paseo y acabar en el Pompidou. Una exposición sobre Hergé y su famoso hijo Tintín ataban aún más mi primero y segundo viajes. Después, el tiempo detenido dentro de la librería del museo y yo como una niña en una tienda de caramelos: libros de arte, fotografía, diseño, cine... Imposible elegir y menos porque mi mínimo presupuesto de estudiante no cubría ni el libro de Yves Klein que descansaría ahora en el estante de mi salón. Mi solución y mi contento los encontré en un rincón frente a las cajas donde la gente hacía cola para pagar los souveniers de cultureta de museo. En ese apartado, los pequeños estantes eran como mínimas paredes de un sala de exposiciones, y allí unos buscaban la danza de Matisse, o el beso de Klimt para llevarse a casa la satisfacción de un reducida copia de talento. Y allí yo me enamoré. Dejé de lado a Mondrian, Picasso, Cézanne... Esos que habitan en mi libro de COU. Y me ensimismé en postales con miles de fotografías que nunca había visto antes. Hasta que di con ellos y mi ojos se quedaron en dos imágenes. En una: una pareja en la cama de una habitación de hotel con cierto aire decadente, él, sentado de perfil, mira al infinito, y ella, tumbada mirando a mis ojos con toda su desnudez y la nostalgia en su mirada. Cercanía física y toda la lejanía en la misma habitación. En la otra foto: la luz fue lo que me enganchó. Un hombre con sombrero y gafas de sol, pintas de aborigen blanco americano de los Estados Unidos, se mantiene al teléfono en una cabina con sus cuatro paredes de cristal. Todo huele a los años 70. Con cada postal en cada una de mis manos, sin saber su autoría, me sentía exultante, como si me llevara una biblia de arte o el mayor de los tesoros escondidos. Las giré y descubrí dos nombres: Nan Goldin, firmaba la foto de los amantes distantes, y William Eggleston, la del vaquero yankee. Me había enamorado de dos al mismo tiempo y además era bisexual. Esas dos pequeñas imágenes abrieron la brecha a otra pasión obsesiva que me tiene atrapada sin conclusión, abocada a una necesidad ansiosa de más y más.
Escrito por distritoeme el 17/03/2009 12:17 | Comentarios (1)
Tiene un ritmo algo étnico, electrónico, con aires de rap y muy estudiado, pero tan pegadizo que resulta irresistible. M.I.A. no es ni rebelde ni una revolución. Y eso que los medios han resaltado siempre su carácter de inmigrante asiática en Londres, con un matiz apátrida, al mismo tiempo que subrayaban que su padre fue abanderado de la causa de liberación tamil en Sri Lanka. Todo muy revolucionario y alternativo. Pero la chiquilla se mueve en los mejores círculos. De hecho, estudió en el Saint Martins College de la capital británica, la escuela que ha dado títulos a diseñadores de lujo como Stella McCartney. Me da que esta chica nunca se ha muerto de hambre.
Le apoya una producción que ya quisieran muchos. Se adapta a las nuevas olas que mueven las mareas de los actuales estilos musicales, es decir, reinterpretaciones y mezclas de todo lo anterior.
Su imagen, profundamente pensada, condensa ese lado étnico y un poco new rave del estilo londinense que se puede conseguir mezclando todo lo que encuentres en mercadillos o en tiendas de Brick Lane. Su mercado, el más bailongo, el de los clubs.
El caso es que M.I.A. gusta. Aunque sea otro producto más que nos quieran vender como original y sin pulir.
La vida renace después del dolor. Y lo hace más fuerte, más consciente y más vital. Porque en el juego de oposiciones, en los dos polos del imán, en el ying-yang, en la dualidad necesaria de nuestro propio universo, está el sentido. Pero a veces el dolor es más fuerte que la vida y la ahoga.
Frente a las fotografías de Francesca Woodman (un descubrimiento motivado gracias a un nombre dicho en una noche cualquiera y única) me siento frágil y desnuda, me identifico. Leo poesía en ese blanco y negro, intuyo la influencia de algún prerrafaelita, de los clásicos, del surrealismo, de la fotografía primordial... Y a pesar de todo, me resulta nueva. Pero sobre cualquier otra cosa, me parece lírica, brutal, y tremedamente nostálgica.
Desde niña, ya a los 13 años, muestra un don artístico innato en un retrato maravilloso donde su rostro se oculta dando la espalda a la cámara y con un juego de luces seductor y mágico. La niña Francesca se siguió cultivando, viajó a Roma y se dedicó a jugar y crear en su mundo de Rhode Island (en su estudio de Providence). Una creatividad tan inmensa y quizá una sensibilidad incontenible la llevaron a dejarse arrastrar por la angustia de la vida hacia la muerte. Se suicidó.
Leyendo sus fotos, parece que mandaba mensajes premonitorios: "To Die Is Gain". Este lema estaba escrito sobre una losa lapidaria entre la que asoma desnuda Francesca Woodman. Su obra viaja hoy por museos y galerías del mundo, un legado eclipsante de 800 imágenes.
Escrito por distritoeme el 20/04/2009 18:32 | Comentarios (2)
Hoy se han dado una confluencia de hechos, algunos se habían ido acumulando, que me han empujado a decidirme. Me han obligado a pararme para plantearme que no podía quedarme en el punto y final en el que estaba anclada. Porque lo que a mí me gusta es rellenar renglones y recopilar de alguna forma lo que veo, leo, intuyo de todo aquello que me interesa. Así que aquí se sucederán puntos y seguidos para todo aquel al que le pueda también interesar.
Un espacio para algo que se llama moda, de nuevas, viejas, repetidas y reinventadas expresiones a través de la ropa. Puede que trate de algo relacionado con los filmes en cinemascope y technicolor, o con musicales y músicas. De fotos de tiempos imperfectos y de conseguidas irrealidades soñadas. De palabras caídas en mis manos en libros que perduran en los años. Un poco de todo esto y quizá más, mezclado de forma imposible.
Esto es sólo una introducción que da paso a todo lo demás.
Escrito por distritoeme el 06/02/2008 00:52 | Comentarios (3)
Un cover es una versión de una canción existente. Se aborda desde otra perspectiva, se le añaden matices, y acaba por tener una nueva atmósfera. En fotografía también hay covers. La admiración y la sugestión que produce una obra anterior, un pequeño icono personal, lleva a algunos artistas del clic a repetir obras plásticas a través de imágenes reales. Ellen Kooi (Holanda, 1962), una fotógrafa de factura realista y composición muchas veces surrealista se atrevió a versionar en Borsele –aunque casi parece un calco– la famosa pintura Christina's World (1948) del americano Andrew Wyeth. Ahí, una mujer en primer plano sentada de espaldas a nosotros mira, y guía nuestra mirada, hacia una casa en la lejanía, casi en el horizonte. Esta imagen, a pesar de su trazo realista, tiene una nebulosa inquietante, que se incrementa sabiendo que la modelo protagonista era una mujer con una enfermedad muscular que la tenía semiparalizada. Ese mismo desasosiego lo transmite la mujer del vestido rojo en Borsele: queremos que llegue hasta esa casa donde ella tiene fijos sus ojos y sentimos la necesidad de que voltee la cabeza y podamos, al fin, descubrir su rostro. En esta composición la casa surge rodeada por una ligera niebla, postes de luz y comunicación, y lo que se intuye como unas chimeneas industriales, unas referencias que la anclan al presente.
El original de Andrew Wyeth, Christina's World (1948).
Borsele (2007) de Ellen Kooi.
Escrito por distritoeme el 30/01/2009 14:11 | Comentarios (0)
¿Qué nexo común pueden tener el Guggenheim de Nueva York y la pasarela? El mismo que unas enfermeras y sus bolsos. Unos mismos progenitores, matizando un poco más, uno que influye en otro.
La obsesión enfermiza de Richard Prince -artista estadounidense- por fotocopiar pictóricamente a sensuales enfermeras llenó una de las etapas más productivas de su trayectoria artística. Como sacadas de portadas de best-sellers de supermercado, aparecen en un extraño póster que es el lienzo, amordazadas con sus máscaras blancas y los ojos ocultos por brochazos de color. Los cuadros de este momento formaban parte de la exposición que el museo Guggenheim de Nueva York ha dedicado a Prince desde septiembre hasta el pasado mes de enero.
Un aire sensual e inquietante es el que exhalan estas obras de féminas solitarias uniformadas, con unos peinados al estilo de los años 50 coronadas con sus cofias blancas.
Otros grandes hitos de su pintura podían verse a lo largo de las salas de la espiral- Guggenheim-neoyorkina: sus grandes telas cubiertas de chistes manidos, o las que mezclan el collage con los trazos de viñeta. Unas obras que recurren también al graffiti y las plantillas para perpetuarse. Al fin y al cabo, todo hitos de la cultura de los Estados Unidos, una cultura urbana, de todos los días.
Del museo a la pasarela.
Con tipografía impresa en bolsos y enfermeras desafiantes que ocultan su boca bajo una máscara de encaje negro empezaba el desfile de la colección de Primavera-Verano 2008 de Louis Vuitton firmada por Marc Jacobs. La referencia era obvia y Marc no lo niega, "todo vino de nuestra colaboración con Richard Prince, que es un artista que se apropia de referencias en su trabajo, que es lo que nosotros hacemos."
Las musas de Gianni Versace, las tops de los 90, aparecieron frente a un fondo negro estrellado vestidas con bata blanca semitransparente dando protagonismo a los bolsos. Porque no se debe olvidar que Louis Vuitton es la casa francesa del accesorio y las maletas cuyo nombre formaron este elenco al abrir el desfile. La sensualidad de la década de los 50 se recuperó con los cortes a la rodilla, las cinturas marcadas subrayando las curvas y los peinados más exquisitos.
Una especie de hechizo sacó a las damas de hospital de los lienzos de Prince y las hizo desfilar portando un vibrante colorido impreso en esloganes en forma de carteras de mano y bolsos.
Algo tiene de inquietante este personaje tan real como ficticio se nos presenta sobre una pasarela. Pues Richard Prince no se queda sólo a la hora de recurrir a enfermeras como protagonistas de su obra, ni Marc Jacobs para causar gran impacto en su performace de pasarela. Quentin Tarantino recurre a nuestro miedo a quien perpetra injecciones con la asesina de parche blanco de Kill Bill y su colega Robert Rodríguez pone en sus manos jeringuillas en vez de pistolas.
Dejando de lado a las asesinas disfrazadas y la asistencia en quirófanos, esta primavera se vuelve a jugar a las enfermeras. Los "botiquines" con la firma de Louis Vuitton por Marc Jacobs, reinventan su apariencia en una sofisticada y colorista construcción de indudable referencia artística. Habrá una mujer -no enfermera- que guarde su móvil, cartera y agenda dentro de esta pieza, sin saber todo lo lleva bajo el brazo.
Escrito por distritoeme el 12/02/2008 00:28 | Comentarios (3)
Ella es la llamada musa del cine indie americano, otro tipo de ambición rubia que emerge en el mundo de los saraos vip paseando su buen gusto en estilismo. Esta es Chlöe Sevigny, una actriz a la que muchos han llegado a conocer por las revistas sin poder identificarla en papel cinematográfico alguno. Les suena que figura en el plantel de la polémica Boys don’t cry donde interpretaba a la chica enamorada de la protagonista, Hilary Swank, en una especie de desafortunado equívoco. Pero antes se abrió hueco en la industria con Kids, una mitificada película de adolescentes –no en sentido peyorativo- donde daba vida a una chica seropositiva. Y dentro de la escena independiente estadounidense se podrían citar otros tantos títulos y varias inusuales actuaciones; sin embargo, el tema de hoy no es su cine.
Chloë se ha estrenado como diseñadora de moda para la marca neoyorkina Opening Ceremony y ha creado una línea inspirada en sus años de pubertad cuando se dedicaba a trastear con sus colegas de barrio: “mi inspiración han sido un poco mis días de instituto.” Sus prendas tienen un punto punk en los pantalones ultra-pitillo, también ochenteno en las camisas de corte recto sin mangas, en los chalecos y sombreros de aire masculino, y al mismo tiempo, en total contraste, están los vestidos de estampado liberty con florecillas rosas.
Esta relación con la moda no es algo reciente, ni le viene sólo por que sea un icono gracias a su peculiar estilo, que sí, o por que esté muy bien relacionada, que también. La musa del cine independiente de barras y estrellas empezó como modelo cuando llegó a Nueva York con tan sólo 18 años. Ahora alimenta páginas de manuales de moda. Se la puede ver en muchos artículos debido a esta nueva faceta de diseñadora amateur. Además, la polémica Chloë ha recuperado su faceta de modelo ocupando portadas: la de marzo de ELLE en su edición inglesa para la que ha sido contratada como consultora de estilo, y en la frontal de Nylon de este mes con la excusa de la presentación del nuevo perfume de la marca francesa Chloé del que es imagen.
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Chloë Sevigny es la rubia de películas poco convencionales, icono de estilismos sin etiquetas, diseñadora eventual, cara de una fragancia y… lo que se proponga. Si le hubiera dado por cantar, Madonna estaría temblando.
Escrito por distritoeme el 21/04/2008 12:02 | Comentarios (1)
La textura se puede sentir lo mismo en papel como en una tela. También los colores, unos sobre otros, producen matices que se aprecian a través de la vista y por ende, dan sensación de textura.
La necesidad de percibir la riqueza y la calidez de los diseños hace que las fotografías dominen el espacio en las revistas. Pero no se puede olvidar que hubo un tiempo en que las copias fotográficas resultaban harto difíciles de conseguir, entonces los grabados, los dibujos y las acuarelas ilustraban las páginas de las primeras revistas.
Hoy los artistas de pincel pequeño se han visto eclipsados por las mayúsculas con que se escriben los nombres de los fotógrafos de moda. Sin embargo, mantienen un pequeño espacio junto a nutridos textos y divagaciones de todo tipo.
Ahora toca ilustrarse, os dejo una muestra de lo que es capaz la mano de Erin Petson. Esta británica, que se graduara en Liverpool en 2004, ha publicado en Marie Claire USA, WWD Belleza y la española ROJO, entre otros medios.
Sus ilustraciones combinan dibujo con collage, e incluso cinta (la misma clase que la de los cassettes que hemos dejado ahogarse bajo el polvo en algún estante del salón). Sus estampas son hijas tanto del lápiz como de la acuarela y equilibran a la perfección la línea –en tono negro- y la mancha de color.
Escrito por distritoeme el 02/04/2008 03:54 | Comentarios (0)
Hedonismo a grandes dosis y resacas por el rock. Los adolescentes de hoy han roto los estribillos de My Generation de The Who. Ya no quieren morir antes de llegar a viejos, sino permanecer jóvenes y vitalistas sin caducidad. En una época en que el mundo se antoja como siempre hostil (en la adolescencia siempre pasa) y en una era en que el futuro del mundo no es nada alentador –se anuncia: los recursos se acabarán, el agua es un bien que comienza a escasear y la crisis económica llama a las puertas-, una nueva generación se rebela hedonista. Sus integrantes no piensan en un mayo del 68, ni en una movilización como en Praga o Seattle, sino en permanecer escondidos en fiestas de colegas, conciertos en salas abatidos por los sonidos del pop-rock de nuevo cuño y disfrutando de las grandes posibilidades de las nuevas tecnologías. La vida no está en las noticias porque es cibernética y nocturna.
Este devaneo es fruto de un poco de insomnio nocturno. Disculpen las molestias. Sin más, unos detalles del trabajo del diseñador-fotógrafo:
Escrito por distritoeme el 29/05/2008 03:58 | Comentarios (2)
Pasó el huracán que se había vaticinado. También llegó la tormenta. Estuvo en Zaragoza, Madrid, Cuenca… Estuvo Bob, el truhán, el mismo que se muestra tierno a la vez que emite proposiciones nada decentes a jovencitas como la cantautora Martha Wainwright. Rumores aparte, Bob Dylan, Dylan el Grande, es toda una eminencia del rock a la cual saludaría con el mayor de los respetos.
Por qué. Por muchas razones.
Porque Dylan fue de los primeros. Es de los personales. No inventó el rock, el que los blancos robaron a los negros afroamericanos, pero lo engulló, lo hizo suyo haciéndolo aparecer como algo nuevo: singer-song writer, es lo que se dice en inglés para lo que conocemos como cantautor. Entonces, surgió el autor y el Él.
Él es el padre al que todos volvemos como el hijo pródigo cuando se da cuenta que ha dado la espalda a sus raíces. Cuando abres los ojos al recordar sus palabras: how many roads must a man walk down before you can call him a man?Y las oyes, las cantas y piensas: cuántas veces volverás calle arriba, calle abajo hasta que te llamen hombre (o mujer), y Bob te entendía hace más de 40 años. Regresas a él para no dejarle nunca, para no alejarte jamás. Porque como buen padre sabe lo que es bueno para ti y lo que no, que los que son como él no te valen a ti como mitad:
I'm not the one you want, babe, I'm not the one you need.
You say you're lookin' for someone Who will promise never to part, Someone to close his eyes for you, Someone to close his heart (…)
But it ain't me, babe, No, no, no, it ain't me, babe, It ain't me you're lookin' for, babe.
Puede envolverte en casi ocho minutos de canción con el Huracán más feroz o deshacerte con el mejor tema que recientemente me descubrieron de papá Dylan, It’s all over now, baby blue. Las versiones de gran parte de su repertorio se cuenta a docenas, así se descubren nuevas perspectivas. Y lo que más se agradecen, sus duetos indispensables con Joan Baez.
Su guitarra, su rasgar de cuerdas, su voz suya, evocan las carreteras de Estados Unidos, no las autopistas abrumadoras, sino aquellas carreteruchas sinuosas que te llevan a destinos no marcados, una libertad perfecta que imaginamos, sueños de juventud y para toda la vida.
Que tire la primera piedra aquel que se llame a sí mismo músico, compositor, cantante, melómano y rechace a Dylan.
Bob Dylan es ovaciones y aplausos.
Sólo me queda pedir one more tune, Mr. Dylan.
Escrito por distritoeme el 02/08/2008 03:16 | Comentarios (1)