Entre inyecciones
¿Qué nexo común pueden tener el Guggenheim de Nueva York y la pasarela? El mismo que unas enfermeras y sus bolsos. Unos mismos progenitores, matizando un poco más, uno que influye en otro.
La obsesión enfermiza de Richard Prince -artista estadounidense- por fotocopiar pictóricamente a sensuales enfermeras llenó una de las etapas más productivas de su trayectoria artística. Como sacadas de portadas de best-sellers de supermercado, aparecen en un extraño póster que es el lienzo, amordazadas con sus máscaras blancas y los ojos ocultos por brochazos de color. Los cuadros de este momento formaban parte de la exposición que el museo Guggenheim de Nueva York ha dedicado a Prince desde septiembre hasta el pasado mes de enero.
Un aire sensual e inquietante es el que exhalan estas obras de féminas solitarias uniformadas, con unos peinados al estilo de los años 50 coronadas con sus cofias blancas.

Otros grandes hitos de su pintura podían verse a lo largo de las salas de la espiral- Guggenheim-neoyorkina: sus grandes telas cubiertas de chistes manidos, o las que mezclan el collage con los trazos de viñeta. Unas obras que recurren también al graffiti y las plantillas para perpetuarse. Al fin y al cabo, todo hitos de la cultura de los Estados Unidos, una cultura urbana, de todos los días.
Del museo a la pasarela.
Con tipografía impresa en bolsos y enfermeras desafiantes que ocultan su boca bajo una máscara de encaje negro empezaba el desfile de la colección de Primavera-Verano 2008 de Louis Vuitton firmada por Marc Jacobs. La referencia era obvia y Marc no lo niega, "todo vino de nuestra colaboración con Richard Prince, que es un artista que se apropia de referencias en su trabajo, que es lo que nosotros hacemos."
Las musas de Gianni Versace, las tops de los 90, aparecieron frente a un fondo negro estrellado vestidas con bata blanca semitransparente dando protagonismo a los bolsos. Porque no se debe olvidar que Louis Vuitton es la casa francesa del accesorio y las maletas cuyo nombre formaron este elenco al abrir el desfile. La sensualidad de la década de los 50 se recuperó con los cortes a la rodilla, las cinturas marcadas subrayando las curvas y los peinados más exquisitos.
Una especie de hechizo sacó a las damas de hospital de los lienzos de Prince y las hizo desfilar portando un vibrante colorido impreso en esloganes en forma de carteras de mano y bolsos.
Algo tiene de inquietante este personaje tan real como ficticio se nos presenta sobre una pasarela. Pues Richard Prince no se queda sólo a la hora de recurrir a enfermeras como protagonistas de su obra, ni Marc Jacobs para causar gran impacto en su performace de pasarela. Quentin Tarantino recurre a nuestro miedo a quien perpetra injecciones con la asesina de parche blanco de Kill Bill y su colega Robert Rodríguez pone en sus manos jeringuillas en vez de pistolas.
