Coup de coeur

Hace ya dos años de aquello. Yo más jovencilla, pero no tanto. Iba con la intención de pasar una semana en la ciudad de la luz visitando a una amiga y con el ánimo de exprimir ese tiempo al máximo, con muy poco presupuesto: ir a todos los museos que pudiera, pasear por la Tullerías, Montmartre, los Campos Elíseos, el barrio Latino... Lo típico que hace todo el mundo en París. Pero también redescubrir aquellas arquitecturas que me eclipsaron con tan sólo once años cuando fui a la capital francesa por primera vez, en un tren que viajaba de noche. Lo que recordaba como una construcción cercana al Louvre, o que quizá fuese el propio museo, era el Trocadero, tumbado ante la torre Eiffel, un conjunto de líneas clásicas que se grabó en mi memoria y que por fin explicaba mucho de mi gusto.

A los diez años de esta primera visita, las ganas de París eran muchas y contaba con una guía excepcional que llevaba un año en la ciudad. Me alojé en la Cité Internationale Universitaire, un enfrentamiento de estilos arquitectónicos de todo el mundo, y un disfrute único dentro de cierta ilegalidad, yo no era estudiante en París sólo una visitante sin permiso de residencia en la Casa de Portugal. Y a pesar de ello, paseé aquellas noches por el inmenso jardín y pasé de las caballerizas inglesas, a la demoledora masa de la Casa de Brasil o a la impresionante entrada de la embajada universitaria mexicana.

Por las mañanas descubría un París a la aventura, una española con cuatro frases mal pronunciadas en francés, mejor que no me perdiera... Pero me dejaba perder por el boulevard Sant-Michel entre librerías añejas, cafés de sillas de mimbre y creperías callejeras. Una tarde el plan era como siempre apetitoso: grato paseo y acabar en el Pompidou. Una exposición sobre Hergé y su famoso hijo Tintín ataban aún más mi primero y segundo viajes. Después, el tiempo detenido dentro de la librería del museo y yo como una niña en una tienda de caramelos: libros de arte, fotografía, diseño, cine... Imposible elegir y menos porque mi mínimo presupuesto de estudiante no cubría ni el libro de Yves Klein que descansaría ahora en el estante de mi salón. Mi solución y mi contento los encontré en un rincón frente a las cajas donde la gente hacía cola para pagar los souveniers de cultureta de museo. En ese apartado, los pequeños estantes eran como mínimas paredes de un sala de exposiciones, y allí unos buscaban la danza de Matisse, o el beso de Klimt para llevarse a casa la satisfacción de un reducida copia de talento. Y allí yo me enamoré. Dejé de lado a Mondrian, Picasso, Cézanne... Esos que habitan en mi libro de COU. Y me ensimismé en postales con  miles de fotografías que nunca había visto antes. Hasta que di con ellos y mi ojos se quedaron en dos imágenes. En una: una pareja en la cama de una habitación de hotel con cierto aire decadente, él, sentado de perfil, mira al infinito, y ella, tumbada mirando a mis ojos con toda su desnudez y la nostalgia en su mirada. Cercanía física y toda la lejanía en la misma habitación. En la otra foto: la luz fue lo que me enganchó. Un hombre con sombrero y gafas de sol, pintas de aborigen blanco americano de los Estados Unidos, se mantiene al teléfono en una cabina con sus cuatro paredes de cristal. Todo huele a los años 70.
Con cada postal en cada una de mis manos, sin saber su autoría, me sentía exultante, como si me llevara una biblia de arte o el mayor de los tesoros escondidos. Las giré y descubrí dos nombres: Nan Goldin, firmaba la foto de los amantes distantes, y William Eggleston, la del vaquero yankee. Me había enamorado de dos al mismo tiempo y además era bisexual. Esas dos pequeñas imágenes abrieron la brecha a otra pasión obsesiva que me tiene atrapada sin conclusión, abocada a una necesidad ansiosa de más y más.


Comentarios

Me gusta muchísimo la fotografía de Nan Goldin. Es difícil no identificarse con la mujer y con la distancia. Y con los puntos de no retorno en una relación. Gracias por enseñármela y recordarme París a los 20 años.


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